Qué queda realmente de tu vida digital

Qué queda realmente de tu vida digital cuando mueres y quién puede ver tus datos de verdad

Morirse en 2025 ya no es solo una cuestión de papeles, llaves y cuentas del banco. También deja detrás un rastro enorme de datos: fotos en la nube, mensajes, perfiles de redes sociales, suscripciones, historiales de búsqueda, documentos en servicios online, copias de seguridad… Lo que antes eran cajas de recuerdos en un trastero, ahora está repartido entre servidores de medio planeta.

La pregunta incómoda es sencilla: ¿qué queda realmente de tu vida digital cuando mueres y quién puede ver esos datos? La respuesta mezcla leyes, decisiones de las plataformas y, sobre todo, si te has preocupado (o no) de dejar algo preparado antes.

Qué es exactamente tu “vida digital” y por qué importa cuando ya no estás

Tu vida digital no son solo tus redes sociales. Es todo lo que has ido dejando en forma de datos: fotos en Google Photos o iCloud, correos electrónicos, chats de WhatsApp o Telegram, perfiles de streaming, documentos en la nube, cuentas de bancos o de criptomonedas con acceso online, compras digitales, historiales médicos en portales de salud… y así hasta una lista casi infinita.

En TecnoOrbita hablamos a menudo de esa vida conectada que vamos construyendo casi sin darnos cuenta: aceptar términos de uso, subir fotos, probar servicios nuevos, dar permisos en apps porque “total, es un clic” y seguir. Todo eso son datos que, al morir, no desaparecen de golpe.

Además, cada vez más partes de tu vida “seria” son puramente digitales: facturas solo online, contratos firmados desde el móvil, certificados en el correo electrónico, apuntes de trabajo y hasta libros subidos a alguna plataforma. Si nadie sabe que existen o cómo entrar, es como si una parte de tu herencia se quedara en una caja fuerte sin llave.

Qué dice la ley en España sobre los datos tras la muerte

Aquí entra el terreno menos intuitivo. El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) europeo no protege directamente los datos de las personas fallecidas, pero deja a cada país regular qué pasa con ellos. En España, esa parte la recoge la Ley Orgánica de Protección de Datos y Garantía de Derechos Digitales (LOPDGDD), que dedica un artículo específico a las personas fallecidas.

Ese artículo reconoce que las personas vinculadas al fallecido por razones familiares o de hecho, así como los herederos, pueden dirigirse a empresas y plataformas para pedir acceso a sus datos, rectificarlos o pedir su supresión si procede. En paralelo, el propio fallecido puede haber dejado dicho expresamente que no quiere que nadie acceda a parte de su información, y la ley obliga a respetarlo.

En los últimos años han aparecido guías y análisis que explican esta herencia digital: desde resúmenes legales pensados para usuarios normales hasta artículos que desgranan cómo funciona el llamado “testamento digital”. La idea de fondo es clara: los datos que dejas cuando mueres forman parte de tu patrimonio y también de tu intimidad, y alguien tendrá que decidir qué se hace con ellos.

Además, el debate va más allá de lo jurídico: implica memoria, reputación, privacidad de terceras personas (por ejemplo, en chats o fotos donde salís varios) y hasta la forma en la que quieres que te recuerden o, al contrario, que tu rastro digital se borre con el tiempo.

Qué queda realmente de tu vida digital

Qué hacen las grandes plataformas con tus cuentas cuando mueres

Cada gran servicio tiene sus propias normas sobre qué pasa con tus datos tras el fallecimiento, y casi todos han creado algún tipo de herramienta para gestionarlo antes de tiempo o para que la familia actúe después.

En el ecosistema de Google existe el Administrador de cuentas inactivas, una función con la que puedes decidir qué ocurre con tu cuenta si pasa un tiempo sin actividad. Puedes elegir que se borre todo o que ciertas personas de confianza reciban acceso a partes concretas de tus datos (correos, fotos, contactos, etc.). Si lo configuras bien, dejas escrito quién podrá recuperar qué, en lugar de que tu cuenta quede congelada sin más.

Apple tiene algo parecido con el contacto de legado, que permite designar a una o varias personas para que accedan a contenido de tu cuenta (como fotos, notas o copias de seguridad) una vez acreditado el fallecimiento. En la práctica, es una forma de que tu familia no pierda años de recuerdos almacenados en el iPhone o en iCloud, pero respetando ciertas limitaciones de seguridad.

Las redes sociales han seguido su propio camino. Facebook, por ejemplo, permite convertir un perfil en “conmemorativo”, de forma que sirva como lugar de recuerdo y deje de funcionar como una cuenta normal. Otras plataformas permiten cerrar por completo la cuenta si alguien acredita el fallecimiento y su relación contigo. En la mayoría de casos, lo que no van a hacer es facilitar alegremente contraseñas: gestionan los datos desde sus sistemas, no abren la puerta para que cualquiera entre a la cuenta.

El problema es que casi nadie se lee esas políticas y, cuando llega el momento, la familia se encuentra con formularios, documentación a presentar y decisiones difíciles que nadie había hablado antes.

Quién puede ver tus datos y qué pasa si no has preparado nada

En la práctica, el acceso a tus datos depende de una combinación de tres cosas: lo que marque la ley, lo que digan las condiciones del servicio y lo que tú hayas dejado por escrito (en un testamento clásico, en un testamento digital o en las propias opciones de cada plataforma).

Si no has preparado nada, tus herederos o familiares cercanos podrán dirigirse a bancos, plataformas y servicios online para pedir acceso o la eliminación de tus datos, pero se enfrentarán a un puzle: demostrar su relación contigo, acreditar el fallecimiento, entender qué cuentas tenías, localizar correos de alta de servicios… y todo ello mientras están gestionando el resto de trámites de una pérdida reciente.

Además, hay tensiones evidentes. Por un lado, está el interés de la familia en acceder a fotos, documentos importantes o incluso a información económica. Por otro, tu derecho a la intimidad incluso después de morir: conversaciones privadas, búsquedas, notas personales o cualquier contenido que quizá no querrías que nadie viera. La ley ya contempla que, si dejaste dicho que no querías que se accediera a ciertos datos, esa voluntad debe respetarse, salvo para información patrimonial muy concreta.

Cómo empezar hoy tu propio “testamento digital” sin complicarte

La buena noticia es que no hace falta ser abogado ni experto en ciberseguridad para dejar tu herencia digital medio organizada. Hay varios pasos sencillos que puedes dar ya mismo para que tus datos no queden atrapados en servicios olvidados.

El primero es hacer un inventario básico: una lista (aunque sea en papel) con los servicios importantes que usas de verdad. No hace falta apuntar cada newsletter, pero sí lo esencial: correo principal, almacenamiento en la nube, redes sociales relevantes, banca online, servicios donde guardas documentos, fotos o archivos de trabajo.

El segundo paso es revisar las opciones que te da cada plataforma. En Google, por ejemplo, puedes activar el Administrador de cuentas inactivas y decidir qué pasará con tus datos si estás un tiempo sin entrar. En Apple, puedes configurar un contacto de legado para evitar que tus fotos, notas y copias de seguridad se pierdan de golpe si un día no estás.

También es muy recomendable incluir instrucciones sobre tus datos digitales en tu testamento tradicional o, como mínimo, hablarlo con la persona de confianza que vaya a encargarse de tus cosas cuando ya no puedas decidir. Igual que se deja claro qué hacer con una casa o con una cuenta corriente, tiene sentido decidir qué se hace con tus perfiles, tus fotos o tus archivos.

En TecnoOrbita ya hemos contado cómo la IA cambia la forma en la que tratamos los contenidos, desde los libros hasta los vídeos. Esa misma lógica se aplica a tu herencia digital: cada año dependes más de servicios en la nube, asistentes inteligentes y plataformas conectadas, y por tanto cada año es más importante no dejar esa parte de tu vida al azar.

Al final, la pregunta no es solo quién podrá ver tus datos cuando mueras, sino quién debería hacerlo y con qué límites. Si te tomas unos minutos para pensarlo y dejarlo por escrito, les ahorras a los tuyos un problema enorme y, de paso, decides tú cómo quiere quedar tu versión digital cuando ya no estés para defenderla.

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