Persona que mueve un ratón

La empresa que dice saber si vas a dejar tu trabajo solo analizando cómo mueves el ratón

En muchas oficinas ya es normal que el ordenador registre todo lo que haces: a qué hora entras, cuánto tiempo estás conectado o qué programas usas. Lo que suena más inquietante es la siguiente vuelta de tuerca: una empresa asegura poder predecir quién está a punto de dejar su trabajo analizando cómo mueves el raton y cómo tecleas a lo largo del día.

No hablamos de ciencia ficción. Este tipo de herramientas se apoyan en la llamada analítica de comportamiento: en lugar de fijarse en lo que escribes, se fijan en el ritmo, la velocidad, las pausas y los patrones de interacción. Según sus creadores, estos datos reflejan cosas como cansancio, apatía o desmotivación, y servirían para anticipar renuncias o bajones de rendimiento.

Qué puede deducir un algoritmo del movimiento del ratón

La idea de base es que tu forma de usar el raton y el teclado no es aleatoria. Cuando estás concentrado, sueles moverte de forma más fluida y directa. Cuando estás distraído o saturado, aparecen más titubeos, clics que no llegan a ninguna parte o recorridos innecesarios por la pantalla. Estos sistemas registran millones de pequeños gestos: cuánto tardas en reaccionar, cuántas veces corriges un movimiento, cuánto tiempo pasas sin tocar nada.

Con suficientes datos, los algoritmos buscan correlaciones: por ejemplo, que determinadas personas empiezan a mostrar un patrón de movimientos más errático unas semanas antes de irse de la empresa, o que ciertos cambios en el uso del raton coinciden con periodos de estrés extremo. El problema es que correlación no es lo mismo que causa, y ahí empiezan las dudas éticas.

En TecnoOrbita ya hemos visto cómo la estadística puede hacer que veamos conexiones donde no las hay, desde las coincidencias imposibles que explica la estadística hasta los experimentos con 100 móviles escuchando a la vez. Con los datos laborales ocurre algo similar: se pueden encontrar patrones, pero interpretarlos mal puede tener consecuencias muy reales.

persona sosteniendo un ratón de computadora inalámbrico negro

Entre la prevención y el espionaje laboral

Desde el punto de vista de las empresas, estas herramientas se venden como una forma de “cuidar al talento”: si el sistema detecta que alguien está quemado o a punto de irse, se podrían adelantar medidas como hablar con la persona, ajustar cargas de trabajo o revisar el salario. Sobre el papel suena bien. En la práctica, abre la puerta a un nivel de vigilancia que muchos trabajadores consideran excesivo.

Organismos de protección de datos y expertos en privacidad alertan de que monitorizar el uso del raton y el teclado de forma continua puede chocar con el derecho a la intimidad en el ámbito laboral. Además, recuerdan que las consecuencias de un falso positivo pueden ser graves: imaginar que el sistema “marque” a alguien como desmotivado cuando simplemente atraviesa una mala semana o tiene problemas personales.

No es la primera vez que se usa la tecnología para medir cosas que antes se intuían a ojo. En el hogar, por ejemplo, los enchufes inteligentes ya permiten deducir rutinas solo mirando el consumo eléctrico. En la oficina, este tipo de analítica lleva años creciendo y, si nadie la frena, es probable que sea cada vez más común.

Dónde está la línea roja para los trabajadores

La gran pregunta es hasta dónde estamos dispuestos a ceder. Muchos aceptan sin problema que se mida cuánto tiempo dedican a un proyecto o cuántos tickets resuelven a la semana. Otra cosa es que un algoritmo intente leer su estado emocional a partir de cómo mueven el raton. Ahí entran en juego cuestiones de consentimiento, transparencia y control.

Los especialistas en derecho laboral recomiendan, como mínimo, que cualquier sistema de este tipo se explique con total claridad: qué datos recoge, con qué fin, quién puede verlos y durante cuánto tiempo se guardan. Y, sobre todo, que se usen como una herramienta de apoyo y no como un mecanismo automático de castigo o selección.

En paralelo, esta tendencia enlaza con debates más amplios sobre la digitalización del trabajo y el desgaste que provocan las jornadas delante de la pantalla. No es casualidad que al mismo tiempo se publiquen estudios sobre fatiga digital y que haya guías para reducir la cantidad de horas que pasamos conectados, como la que ya comentábamos en TecnoOrbita sobre cuántos años reales de nuestra vida se van mirando pantallas.

De momento, la lección es doble. Por un lado, que nuestro rastro digital en el trabajo va mucho más allá de lo que escribimos. Por otro, que conviene estar atentos a dónde ponemos el límite antes de que el siguiente paso sea que una IA decida quién merece una oportunidad… basándose en cómo mueve el raton un lunes por la mañana.

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