Inviertes largos meses ahorrando y planificando con extremada e inmensa ilusión tus ansiadas y merecidas vacaciones de verano. Llegas agotado, sudoroso y arrastrando la pesada maleta de ruedas a tu estrecho y codiciado asiento de clase turista en el inmenso y frío interior del avión comercial.
Con un profundo y sincero suspiro de alivio, te abrochas rápidamente el duro cinturón de seguridad, acomodas el cuello, emparejas plácidamente tus carísimos y avanzados auriculares inalámbricos de cancelación de ruido activa al teléfono móvil y te dispones, por fin, a aislarte del insufrible ruido de las turbinas para disfrutar de una excelente película o tu podcast favorito.
De repente, la educada pero firme y autoritaria voz de la sobrecargo de vuelo resuena en la cabina exigiendo de manera ineludible que te quites, guardes o apagues inmediatamente tus dispositivos inalámbricos hasta haber alcanzado la altitud de crucero de seguridad.
Esta constante, aburrida, frustrante y repetitiva orden protocolaria, que miles de pasajeros anónimos del mundo sufren y acatan a diario con un enorme, sonoro e innegable suspiro de fastidio y resignación, genera siempre inmensas y enormes dudas sobre su verdadera utilidad en el siglo veintiuno.
La inmensa mayoría de nosotros asume ciegamente, presas del pánico y de los viejos y rancios mitos de las antiguas películas de catástrofes, que las inofensivas ondas de radio de nuestro Bluetooth en aviones van a desorientar el complejo radar de navegación frontal de la pesada aeronave y provocar una fatal e inminente caída en picado.
Sin embargo, explorar la pura, cruda y asombrosa ciencia electromagnética de cómo el cerebro de la máquina y las ondas de radio interactúan de verdad en los tensos momentos del despegue desmonta velozmente el antiguo y rígido mito catastrófico e ilumina la verdadera razón de fondo de las estrictas leyes de aeronáutica civil y la seguridad de los pilotos.
En este artículo vas a encontrar:
- El inmenso, irracional y anticuado falso mito de que tu teléfono puede tirar o estrellar un avión moderno de toneladas.
- El molestísimo y real problema del ruido de retroalimentación electromagnética (el ruido del altavoz) que sufren los fatigados pilotos.
- La crucial e inmensa importancia de las fases críticas de vuelo y los tensos e importantísimos once minutos de oro de la aviación.
- La verdadera, real y extremadamente silenciosa necesidad de contar con toda la atención del pasajero de clase turista.
El gran mito de las interferencias fatales y las caídas en picado
Para lograr atajar de raíz, solucionar verdaderamente y comprender a fondo el inmenso recelo y miedo hacia los aparatos electrónicos que tienen las aerolíneas internacionales, primero debemos derribar y destruir el colosal mito urbano. En los ruidosos y caóticos años noventa, cuando los armatostes telefónicos analógicos eran potentes e ineficientes bestias devoradoras de altísimo voltaje y vatios inmensos, la industria aérea naciente se aterrorizó lícitamente.
Temían de corazón y de forma lógica que las rudas y potentes emisiones de radiofrecuencia volvieran locos y alteraran las enormes y pesadas brújulas y los delicadísimos altímetros de aguja del panel de instrumentos frontal de la oscura cabina de mando de los comandantes veteranos.
Sin embargo, con el paso firme de las décadas, la realidad técnica y el blindaje electrónico moderno han cambiado abrumadoramente las reglas de la física comercial. Las maravillosas, modernas y ligeras aeronaves comerciales del vertiginoso siglo veintiuno están inmensa y magistralmente construidas como auténticos e impenetrables tanques de guerra electromagnéticos (conocidos técnicamente como gigantescas Jaulas de Faraday voladoras).
Sus intrincados y carísimos sistemas neurálgicos de navegación por satélite están tan soberbiamente aislados, encriptados, redundantes y blindados a las débiles e insignificantes interferencias de los milivoltios de tu pequeño teléfono, que es física y matemáticamente imposible y absolutamente descabellado pensar que unos inofensivos y minúsculos auriculares de 2.4 GHz puedan siquiera rozar o alterar el rumbo seguro de un monstruo de metal de cuatrocientas toneladas en vuelo sostenido.
El doloroso y molesto chirrido agudo en las orejas del capitán
Entonces, si tu moderno, pequeñísimo e inofensivo aparato con Bluetooth en aviones no tiene ni de lejos la más mínima y remota oportunidad tecnológica de poder estropear las computadoras primarias de vuelo o apagar de golpe los poderosos reactores traseros, ¿por qué motivo exacto te piden machaconamente, vuelo tras vuelo, que cortes toda la conexión con tu dispositivo reproductor en las fases de mayor estrés y turbulencias?
La inmensa, sorprendente y rotunda respuesta técnica se encuentra, tal y como detallan constantemente las rigurosas publicaciones de aviación comercial y expertos de Xataka Móvil, en el doloroso confort auditivo y la imperiosa necesidad de clara comunicación de los agotados pilotos al mando.
Cuando cientos y cientos de teléfonos inteligentes y auriculares buscan incesantemente señal, emiten pings y empaquetan datos inalámbricos de forma ruidosa al mismo tiempo en el interior del estrecho fuselaje cilíndrico, generan una inmensa y colosal cantidad de pequeña y molesta «basura electromagnética» ambiente en el pasillo.
Esa sutil estática invisible puede filtrarse y colarse traicioneramente de lleno en el viejo, sensible y vital sistema de radiofrecuencia analógico e intercomunicadores VHF que comunican estrechamente al asustado piloto de la aeronave con la siempre atenta y lejana torre de control y el control de tráfico aéreo.
El fastidioso y agudísimo resultado auditivo práctico que escuchan los pilotos en sus cascos de la cabina es exactamente igual al horrible, punzante y reconocible pitido ruidoso y de estática «dit-dit-dit» que suena en unos pequeños altavoces viejos de PC cuando acercas de golpe un teléfono móvil viejo recibiendo una llamada. Un ruido inmensamente molesto y punzante que tapa literalmente su vital y delicada comprensión oral de las estrictas e importantísimas instrucciones de altura y pista otorgadas por los controladores aéreos en tierra.
Los críticos «Once Minutos Estériles» de seguridad extrema
Aunque evitar este doloroso y fortísimo chirrido en las orejas de los profesionales que tienen tu vida en sus experimentadas manos es un motivo inmensamente digno, importante, crucial y técnico, existe una razón subyacente de psicología humana aún mayor para prohibir los aparatos sonoros.
Todo este estricto protocolo policial de guardar y apagar los dispositivos electrónicos se concentra y focaliza estricta, maniática y exclusivamente durante las dos complejas y peligrosísimas fases conocidas mundialmente en la aeronáutica como los temidos «once minutos estériles de vuelo» (los tres primeros largos e intensos minutos del agresivo despegue ascensional, y los veloces, inestables y últimos ocho minutos de tensa aproximación y frenada de aterrizaje contra la dura y negra pista).
En este brevísimo, vital y peligroso periodo fraccional de tiempo suspendido, las frías estadísticas oficiales de siniestralidad del sector aéreo mundial demuestran irrefutable y asombrosamente que es exactamente el preciso momento geométrico en el que ocurren más del ochenta y cinco por ciento brutal y abrumador de todos los grandes, severos e inmensos y trágicos accidentes y salidas de pista y fallos de motor de la historia de la aviación comercial internacional desde que se tienen registros.
La necesidad vital de tu oído para salvar tu propia vida
En el extremadamente raro, espantoso, rápido, impensable y dramático caso y catástrofe de que el avión moderno que ocupas necesite de súbito y con total urgencia abortar y frenar en seco un despegue a más de doscientos kilómetros por hora.
Peor aún, si se decreta por los altavoces un procedimiento letal de evacuación fulminante en tierra llena de humo, fuego y rampa de emergencia por el personal de cabina y azafatas asustadas, cada mísera y ridícula fracción de precioso segundo ganado o perdido marca irremisible y mortalmente la inmensa, total, aplastante y brutal diferencia absoluta entre poder salir sano, rápido y salvo por la pequeña e inflada y estrecha rampa de lona lateral, o perecer lenta y terriblemente atrapado y en silencio en el interior del fuselaje oscuro de aluminio.
Si llevas herméticamente incrustados, encendidos, apretados fuertemente y ajustados unos grandes y aislantes auriculares con el inofensivo Bluetooth en aviones escuchando a todo y ensordecedor volumen de música la banda sonora de una película de intensa acción de Hollywood y bloqueando externamente el ruido del motor, no escucharás absolutamente y bajo ningún concepto ni los potentes e inmensos y agudos pitidos ensordecedores de las alarmas maestras rojas del techo, ni los agudos, desgarradores e inmensamente vitales e imperativos e importantísimos gritos de pánico de «¡ABRÓCHENSE LOS CINTURONES Y POSICIÓN DE IMPACTO INMEDIATO!» espetados de forma salvadora, urgente y desesperada por la profesional y valiente tripulación de la cabina.
Apagar tus auriculares en el despegue no es proteger mágicamente un radar antiguo y ciego, es recuperar de forma brillante, lógica, rápida y urgente, y por tu propio inmenso beneficio vital y ciego, la atención de tu sentido de la audición externa primaria y mantener la conciencia situacional por tu propia, inmensa y vital supervivencia y vida personal.
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