El inmenso, increíblemente colorido y seductor catálogo sin fin de las modernas y extremadamente populares tiendas virtuales de ocio y entretenimiento genera de manera constante una potente, peligrosa y muy falsa ilusión de pertenencia eterna en la confiada mente del usuario medio.
Observas fijamente la brillante e hipnótica pantalla de tu moderna tableta táctil en el sofá, pagas encantado y sin pensarlo demasiado quince jugosos euros por el último largometraje de éxito multipremiado de la poderosa industria de Hollywood, y de manera instantánea el bonito póster promocional de la obra se sitúa automática y orgullosamente en tu preciosa galería privada de usuario.
La muy cuidada y sumamente manipulada interfaz gráfica comercial fomenta intencionadamente y con una gran alevosía corporativa calculada esta falsa percepción mental de control absoluto sobre la gran obra artística adquirida aparentemente mediante un simple clic del ratón. Pero la tristísima realidad del mercado es que existen enormes y muy complejas trampas financieras y estrictamente legales que pasan totalmente desapercibidas al pulsar apresuradamente y con muchísima ilusión cinéfila el vistoso botón de pago rápido con nuestra tarjeta de crédito bancaria vinculada permanentemente en el ecosistema comercial de la marca de turno.
En este artículo vas a encontrar:
- La abismal e importantísima diferencia legal entre adquirir una película física y pagar por un botón digital.
- El flagrante y estudiado engaño lingüístico de las plataformas cuando afirman que estás «comprando».
- El oscuro y amargo motivo oculto por el que las poderosas productoras pueden borrar toda tu biblioteca a distancia.
- Las verdaderas alternativas reales y viables del consumidor moderno ante la gran inestabilidad de la nube.
El gravísimo riesgo real y silencioso del coleccionismo en la nube abstracta
Esa aparente y plácida tranquilidad visual y gran comodidad económica con la que gestionamos actualmente nuestras enormes bibliotecas digitales de ocio choca estrepitosamente y de bruces con la fría, dura e implacable jurisprudencia internacional que gobierna internet.
Esta compleja e intrincada red legal está muy cuidadosamente tejida por decenas de miles de abogados expertos para proteger salvajemente los multimillonarios intereses corporativos de los colosos del entretenimiento audiovisual moderno, siempre en detrimento evidente de los lógicos derechos del consumidor final. Los valiosos y codiciados archivos maestros de vídeo digital en altísima resolución 4K jamás se alojan físicamente en la pequeña memoria flash interna de tu moderno televisor inteligente o dispositivo portátil de consumo masivo.
Lograr entender de forma clara los oscuros y muy confusos límites de la ansiada propiedad del contenido digital resulta de vital importancia económica y muy crucial para asimilar nuestra verdadera y frágil posición en el tablero de juego del mercado mundial.
En la implacable era de internet moderna y de la omnipresente nube encriptada, pagar alegremente y sin rechistar el altísimo precio completo exigido por un producto cultural inmaterial no te convierte mágicamente, por arte de birlibirloque, en su dueño y señor legítimo bajo absolutamente ninguna circunstancia legal existente de forma vigente en la actualidad.
La perfecta y totalmente indetectable trampa de las licencias de uso temporal
La muy minuciosa, opaca y sumamente cuidadosa redacción legal de los interminables y aburridos términos de servicio (ese texto legal infinito e ilegible que aceptamos rápidamente sin leer al configurar nuestra cuenta de usuario) desvela sin ningún tipo de tapujos ni adornos la cruda y abusiva realidad del actual mercado inmaterial.
Aunque el brillante, redondeado y llamativo botón amarillo o azul de la plataforma de la tienda indique explícita y tramposamente la sumamente atractiva palabra «comprar», «adquirir» u «obtener», el farragoso y leonino contrato legal subyacente que ampara esa acción establece de forma tajante que el cliente engañado en realidad solo abona una muy elevada cuota por una limitadísima licencia de visualización estrictamente revocable e inestable en el tiempo y el espacio geográfico.
Los más prestigiosos, experimentados e independientes analistas del sector tecnológico y del estricto ámbito jurídico internacional advierten constante y desesperadamente en artículos y ensayos sobre cómo las poderosas e intocables distribuidoras audiovisuales retienen para siempre el poder absoluto y total para retirar sin miramientos ni explicaciones el acceso a cualquier obra de forma totalmente remota.
Esto tan escandaloso ocurre de manera absolutamente habitual sin la más mínima necesidad legal u obligación contractual de ofrecer jamás las pertinentes indemnizaciones económicas compensatorias a los cientos de miles de usuarios afectados que lo pierden todo de la noche a la mañana, dinamitando de este modo el sagrado y clásico concepto tradicional de colección privada de ocio y cultura.
La terrible y temida volatilidad oculta de los acuerdos comerciales a gran escala
El inmenso y gravísimo problema estructural y de fondo de este moderno y exitoso modelo de negocio de alquiler encubierto radica fundamentalmente en los altísimos, fluctuantes y volátiles costes técnicos de mantenimiento de los grandes servidores internacionales y, sobre todo, en las salvajes e interminables guerras de exclusividad del streaming.
Si la todopoderosa y acaudalada empresa norteamericana propietaria de la tienda virtual de turno pierde súbitamente y sin previo aviso el multimillonario acuerdo comercial de derechos de distribución con la arrogante productora original del filme en un país determinado, la película queda legalmente fuera del ecosistema en ese mismo segundo.
En consecuencia inmediata, la preciada e inolvidable obra de arte cinematográfica por la que pagaste religiosamente con el sudor de tus ahorros desaparecerá irremediable e instantáneamente de las cuidadísimas bibliotecas privadas de todos los usuarios de la noche a la mañana y sin recibir jamás un simple correo electrónico de previo aviso oficial de disculpa.
El frágil, injusto y enormemente condicionado acceso final del usuario a la mítica obra audiovisual que tanto ama y venera depende exclusiva y únicamente de una constante, silenciosa y totalmente invisible validación técnica periódica contra un hermético servidor externo fuertemente encriptado, proceso que ocurre en fracciones de segundo cada vez que se presiona inocentemente con el dedo el codiciado icono de reproducción en la bonita aplicación móvil.
Si por desgracia en ese preciso instante algorítmico el despiadado servidor de validación americano decide unilateralmente que la valiosa licencia ha expirado regionalmente, la pantalla se fundirá dolorosa y dramáticamente a negro para siempre, bloqueando el ansiado archivo de vídeo sin apelación real posible por parte del indefenso consumidor indignado.
El ansiado, lógico e inesperado resurgir del preciado formato físico tradicional
La evidente, insultante e insalvable inestabilidad estructural intrínseca de este claramente abusivo modelo comercial y totalmente asimétrico está forzando irremediablemente a muchísimos cinéfilos desencantados, traicionados y engañados a replantearse de forma muy seria el verdadero e incomprensible sentido de invertir enormes e incalculables sumas de dinero real fruto de su trabajo en bibliotecas completamente abstractas, fantasmas e ilusorias.
Pagar religiosamente y sin quejarse precios idénticos, e incluso superiores muchas veces, a los del tan querido, fiable y tangible formato físico tradicional por un simple archivo binario efímero y sumamente volátil en la red de redes supone un riesgo financiero altísimo, imprudente y totalmente innecesario para cualquier tipo de economía doméstica contemporánea.
Esta muy creciente y totalmente justificada inseguridad generalizada y viral ha provocado que muchísimos coleccionistas puristas y amantes del buen cine vuelvan a valorar inmensamente los maravillosos y tangibles discos físicos.
Mientras la lenta, torpe y siempre rezagada legislación internacional de consumo no obligue por dura ley, y de forma inminente, a las mastodónticas corporaciones de Silicon Valley a entregar obligatoriamente a sus clientes excelentes copias descargables en altísima resolución y completamente libres de la engorrosa protección anticopia DRM, la costosa e incesante acumulación digital de innumerables bienes inmateriales seguirá dependiendo lamentablemente de la interesada, caprichosa y fría buena voluntad económica de los temibles y despiadados departamentos legales de las grandes y vorazmente ambiciosas corporaciones del entretenimiento mundial.
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