Cuando pensamos en un ataque informático, nuestra mente dibuja automáticamente a una persona frente a una pantalla en una habitación a oscuras. Sin embargo, la figura del ciberdelincuente (o del entusiasta de la seguridad) nació mucho antes de que existiera el primer microchip. Para conocer la historia olvidada del primer hacker de la historia, debemos viajar al Londres de 1903, una época de caballeros con chistera y un asombro tecnológico generalizado por la invención de la telegrafía sin hilos. Allí, un mago profesional decidió que era el momento de demostrar que la invención de Guglielmo Marconi no era tan segura como él pretendía vender al mundo.
La fricción entre la innovación arrogante y la curiosidad técnica dio lugar a un evento que hoy consideraríamos un «ataque de inyección de código». Marconi estaba a punto de realizar una demostración pública de su sistema de comunicación «secreto y privado» entre Poldhu y Londres, asegurando que nadie podía interceptar sus ondas. Esta apertura hacia la vulnerabilidad de las comunicaciones inalámbricas fue aprovechada por Nevill Maskelyne, un hombre que entendía que el aire no tiene paredes. A continuación, reviviremos la historia del primer hacker de la historia y cómo un simple mensaje en Morse humilló al inventor más famoso del siglo XX.
⚡ Las Claves:
- El Sabotaje: Maskelyne interceptó la señal de Marconi e introdujo un mensaje burlón antes de que llegara el oficial.
- Falta de cifrado: Marconi confiaba en que la sintonización de frecuencias era suficiente para la privacidad.
- Nevill Maskelyne: Un mago e inventor contratado por una compañía de cables rival para desprestigiar a la radio.
- Lección histórica: Fue la primera prueba de que cualquier canal de comunicación puede ser intervenido si no está protegido.
El gran troleo de 1903: poesía contra tecnología
La escena fue digna de una película. El físico John Ambrose Fleming estaba listo en el escenario de la Royal Institution para recibir el mensaje de Marconi, que supuestamente viajaría cientos de kilómetros de forma privada. De repente, el aparato empezó a emitir un sonido rítmico. En lugar del mensaje oficial, el receptor comenzó a imprimir una serie de insultos y rimas burlonas que decían: «Había un joven de Italia que engañaba al público…». Maskelyne había utilizado un transmisor mucho más potente cerca del edificio para colapsar la frecuencia de Marconi e inyectar su propio mensaje. Fue, oficialmente, el primer caso de interferencia intencionada en la historia de las telecomunicaciones.
Este acto de Nevill Maskelyne encaja perfectamente en la historia del primer hacker de la historia porque su motivación no fue el robo, sino la exposición de una vulnerabilidad. Marconi había mentido al público asegurando que sus ondas eran «privadas», cuando en realidad cualquiera con un equipo de radio podía escucharlas. Si recordamos cómo el rastreo web funciona de forma silenciosa, Maskelyne hizo lo mismo en una escala analógica. Demostró que la tecnología inalámbrica es inherentemente abierta y que la «seguridad por oscuridad» es un mito peligroso que los ingenieros siguen intentando derribar más de un siglo después.
Nevill Maskelyne: el perfil del hacker original

Maskelyne no era un criminal, sino un experto en ilusionismo y tecnología que trabajaba para la competencia de Marconi, las compañías de cable submarino que veían amenazado su negocio. Su mentalidad era la de un hacker de «sombrero blanco» moderno: encontrar el fallo para forzar la mejora del sistema. Al investigar al primer hacker de la historia, vemos que utilizó su conocimiento en magia para entender cómo se engaña al ojo (y al oído) humano. Puedes leer más sobre este enfrentamiento técnico en la Wikipedia sobre Nevill Maskelyne. Él entendió antes que nadie que el aire era un dominio público y que la información era libre por naturaleza.
En conclusión, la historia del primer hacker de la historia nos enseña que la seguridad absoluta es una quimera. Marconi aprendió la lección por las malas, y gracias a ese sabotaje, la ingeniería de radio empezó a desarrollar sistemas de sintonización mucho más finos y, eventualmente, el cifrado de datos. Lo que ocurrió en 1903 no fue un simple chiste de un mago aburrido, sino el primer paso hacia la ciberseguridad moderna. Hoy, cada vez que ponemos una contraseña en nuestro Wi-Fi, le debemos un pequeño agradecimiento a Maskelyne, el hombre que nos recordó que, en tecnología, siempre hay alguien escuchando al otro lado de la onda.
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