Pasa casi siempre igual: sale una actualización grande, la instalas y, a los pocos días, la sensación es clara. “Mi móvil va más lento”, la batería dura menos, las apps tardan en abrirse y el calor sube con tareas sencillas. La duda es inevitable: ¿es todo psicológico o hay algo real detrás?
Por qué siempre aparece la sensación de “móvil más lento”
Antes de entrar en partes técnicas, conviene reconocer algo: nuestro cerebro no es un buen medidor de rendimiento. Después de una actualización, estás mucho más pendiente de cada fallo, cada pequeño tirón o cada segundo extra de carga.
Esa atención selectiva, unida a titulares sobre viejas polémicas como el batterygate de Apple (cuando se demostró que ciertas versiones de iOS limitaban el rendimiento de iPhone con baterías degradadas, algo que la propia compañía acabó reconociendo ante organismos como la FTC estadounidense), alimenta la sospecha de que cada gran actualización viene con truco.
Pero dejarlo en “te lo imaginas” tampoco es justo. Hay motivos técnicos por los que, justo después de actualizar, tu móvil puede ir objetivamente peor durante unos días.
Qué hace realmente tu móvil nada más actualizar
Cuando instalas una actualización importante, el sistema no solo cambia iconos y menús. Por debajo pasan muchas cosas que impactan en la sensación de fluidez:
- Reindexación interna: el sistema vuelve a ordenar archivos, fotos, mensajes y bases de datos para adaptarlos a la nueva versión.
- Optimización de apps: muchas aplicaciones se recompilan o ajustan para funcionar con el nuevo sistema, lo que implica trabajo extra de procesador.
- Procesos en segundo plano: copias de seguridad, análisis de fotos, reconstrucción de bibliotecas… todo eso se activa tras actualizar.
El resultado es que, durante unos días, tu móvil parece más lento y se calienta más porque está haciendo tareas que no ves. Es algo que los propios fabricantes reconocen en sus notas de soporte y que encaja con lo que explicábamos al hablar del misterio del móvil caliente tras ciertos usos.
Cuándo deja de ser normal y pasa a ser un problema
Ese “mini-caos” posterior a la actualización debería durar poco. Si dos o tres días después tu móvil sigue igual de torpe, conviene empezar a sospechar que no es solo cosa de reindexar.
Algunas señales de que el problema va más allá:
- Apps que se cierran solas o se quedan congeladas a menudo.
- La batería cae en picado incluso con la pantalla apagada.
- Calor constante con tareas sencillas como chatear o mirar redes.
En ese punto, entran en juego dos factores: cómo de bien está optimizado el nuevo sistema y cómo de ajustado iba ya el hardware. No es lo mismo actualizar un móvil recién comprado que un modelo con cuatro o cinco años a sus espaldas.
No es casualidad que en TecnoOrbita hayamos dedicado artículos específicos a fenómenos como la fatiga digital del móvil, esa sensación de que el dispositivo simplemente “se cansa” antes de tiempo por acumulación de cambios, apps y malos hábitos.
Cómo comprobar si tu móvil va realmente más lento
Para salir del terreno de “sensaciones” y pasar a datos, puedes hacer algunas pruebas muy simples:
- Compara tiempos de apertura: elige tres apps que uses mucho (por ejemplo, cámara, WhatsApp y navegador) y mide cuántos segundos tardan en abrirse varias veces.
- Observa el uso de CPU y batería: tanto Android como iOS tienen secciones donde ves qué apps están consumiendo más recursos. Si una app que no usas casi nunca está arriba del todo, ahí hay un candidato claro.
- Revisa si hay correcciones posteriores: muchas veces, tras una gran actualización, llegan parches rápidos para mejorar el rendimiento.
Si quieres ir un poco más lejos, puedes comparar el comportamiento con lo que ya contábamos en la guía sobre 100 móviles escuchando a la vez y cómo medir su actividad: aunque el foco allí era la privacidad, las herramientas para ver qué procesos están siempre despiertos sirven también para cazar apps tragones.
Otros factores que se mezclan con la actualización
A veces echamos la culpa a la última versión del sistema cuando el problema viene de otro sitio:
- Almacenamiento casi lleno: cuando te acercas al límite, cualquier móvil sufre: tiene menos margen para crear archivos temporales y reorganizar datos.
- Apps de limpieza agresivas: algunas prometen “acelerar” el teléfono, pero en la práctica crean procesos extra y borran cachés que luego el sistema tiene que reconstruir una y otra vez.
- Widgets y fondos animados: consumen más recursos de lo que parece, sobre todo en modelos modestos.
Organismos como INCIBE insisten en que mantener el móvil actualizado es clave para la seguridad, aunque pueda haber algún pequeño peaje puntual de rendimiento. Lo importante es no confundir ese peaje con un supuesto plan maligno para obligarte a cambiar de terminal.
Qué puedes hacer si va realmente peor tras actualizar
Si después de todas las comprobaciones confirmas que tu móvil va peor, hay margen para mejorar la situación sin volverte loco:
- Limpiar apps que ya no usas: borrar iconos que llevas meses sin abrir es una forma directa de reducir procesos y notificaciones.
- Revisar permisos: algunas apps recién actualizadas vuelven a pedir acceso a ubicación, micrófono o actividad en segundo plano.
- Restablecer ajustes de red y cachés del sistema: en muchos casos soluciona cuelgues y lentitud tras grandes saltos de versión.
En situaciones extremas, un reset de fábrica bien planificado (con copia de seguridad previa) puede devolver la fluidez perdida. Es un paso drástico, pero a veces más rápido que seguir parcheando, como hemos visto también en guías de TecnoOrbita sobre cómo optimizar redes y dispositivos en casa.
Entonces, ¿es mito o realidad?
La respuesta honesta es: las dos cosas a la vez. Hay parte de autosugestión (estás mirando todo con lupa) y parte de realidad técnica (más procesos, más exigencia para un hardware que envejece). Lo importante es saber distinguir entre un bache temporal y un problema estructural.
Si tomas decisiones con datos, revisas ajustes y entiendes que tu móvil tiene una vida útil finita, las actualizaciones dejan de ser ese enemigo difuso y pasan a ser lo que deberían: una forma de mantener el dispositivo más seguro, con funciones nuevas y, con un poco de mimo, sin necesidad de cambiar de terminal a la mínima.







