simulación del fin del mundo

La simulación del fin del mundo que usan algunos científicos y el papel de los datos de tu móvil

Suena a peli apocalíptica, pero es pura ciencia: hay equipos de investigación que usan simulación por ordenador para imaginar cómo sería un “fin del mundo” en distintos escenarios. No hablamos de meteoritos estilo Hollywood, sino de colapsos más realistas: económicos, climáticos, tecnológicos o sociales. Y, cada vez más, en esas simulaciones entran datos que salen directamente de tu móvil.

Qué es exactamente una simulación del fin del mundo

En ciencia, una simulación no es más que un modelo matemático que intenta reproducir cómo se comportaría un sistema complejo si cambias ciertas variables. En vez de experimentar con el planeta real (poco práctico, por razones obvias), se construye un mundo virtual con reglas inspiradas en la física, la economía o la sociología.

Instituciones como el IIASA o grupos ligados al IPCC han usado modelos de simulación para estudiar qué pasaría con distintos niveles de emisiones, consumo energético o crecimiento de la población. Lo interesante es que, en las últimas décadas, estos modelos han dejado de alimentarse solo de estadísticas clásicas y han empezado a beber de datos digitales cotidianos.

Ahí entra tu móvil: patrones de movilidad, horarios de conexión, comportamiento en redes, pagos digitales… Todo eso se puede convertir en números que ayuden a afinar cómo reaccionaría la sociedad ante un shock.

Por qué los datos del móvil importan tanto en estas simulaciones

Hasta hace no tanto, los modelos usaban datos agregados: censos, encuestas, estadísticas oficiales. Hoy, el móvil ofrece algo mucho más fino: millones de trazas anónimas que muestran cómo se mueve y se comporta la gente en tiempo casi real.

Algunos ejemplos de lo que ya se hace:

  • Movilidad: datos anonimizados de torres de telefonía para saber cómo se desplaza la población en caso de confinamientos, catástrofes o apagones.
  • Consumo energético: registros de apps domésticas y enchufes inteligentes para estimar qué pasaría si fallara la red durante horas o días.
  • Comportamiento en redes: análisis de picos de mensajes y búsquedas para ver cómo se propagan rumores o pánicos en situaciones límite.

La pandemia fue un laboratorio: informes basados en datos móviles publicados por la revista Nature mostraron cómo el seguimiento de movilidad ayudó a entender qué medidas reducían más los contagios. Esa misma lógica se aplica ahora a escenarios más extremos, desde apagones masivos hasta crisis climáticas.

En TecnoOrbita ya contamos cómo Bizum comparte datos anonimizados con el Banco de España para estudiar patrones de pago. En las simulaciones de colapso, algo similar se hace con movimientos, compras y conexiones, siempre en teoría sin identificar a nadie en concreto.

Qué “fin del mundo” se está simulando realmente

Cuando se habla de “fin del mundo”, suele ser por simplificar. Lo que muchos modelos exploran en realidad son puntos de no retorno o cambios tan bruscos que la vida tal y como la conocemos se transforma por completo.

Algunos escenarios típicos:

  • Colapso climático: olas de calor, sequías y fenómenos extremos que alteran la producción de alimentos, la energía y las migraciones.
  • Crisis energética: cortes prolongados en redes eléctricas o de comunicaciones que obligan a priorizar recursos (hospitales, agua, transporte básico).
  • Desinformación masiva: aparición de una gran crisis donde los bulos se expanden más rápido que la información verificada.

En todos esos casos, la simulación necesita saber cómo reaccionan los humanos. Y ahí, los datos que salen de tu móvil dan pistas valiosas: qué haces cuando hay un apagón, cuánto tardas en dejar de usar una app, cómo respondes a un mensaje de alarma, qué rutas eliges cuando el mapa deja de funcionar…

Simulación del fin del mundo

El lado inquietante: privacidad y sesgos

La idea de que tu móvil alimente una simulación del fin del mundo puede sonar útil, pero también tiene su cara oscura. No todo son gráficos bonitos.

Por un lado, está la privacidad. Incluso cuando los datos se anonimizan, organizaciones como la Electronic Frontier Foundation recuerdan que es relativamente fácil reidentificar a personas cruzando fuentes distintas. Saber dónde duermes, dónde trabajas y qué rutas haces cada día es, de facto, saber quién eres.

Por otro, están los sesgos: los modelos se construyen con datos de quienes tienen móvil y conexión constante. Las personas sin acceso digital quedan infrarepresentadas, lo que puede hacer que los escenarios calculados sean optimistas para unos y ciegos para otros.

En TecnoOrbita hemos visto algo parecido al hablar de cómo la IA interpreta tu forma de escribir mensajes: los algoritmos aprenden de los datos que tienen, no de los que faltan. Y eso condiciona las conclusiones.

Qué nos dicen estas simulaciones sobre nuestro presente

La parte interesante es que estas simulaciones no solo sirven para imaginar futuros lejanos, sino para poner números al presente. Cuando un modelo muestra que pequeñas decisiones diarias (consumo, movilidad, energía) cambian mucho el resultado, deja claro que el “fin del mundo” no es un evento Hollywood, sino una sucesión de tendencias que se pueden corregir.

Por ejemplo, muchos escenarios climáticos incluyen medidas tan concretas como reducir ciertos tipos de consumo, cambiar el patrón de trabajo presencial y remoto o modificar cómo se reparte la energía en horas punta. Son cosas que ya empiezan a verse en ciudades reales y que, a la vez, se prueban en mundos virtuales.

La moraleja es doble: por un lado, no estamos tan indefensos como a veces parece; por otro, cada “clic” y cada ruta que haces con el móvil es una línea más en esos modelos. Y ahí conviene tener algo de control, revisando ajustes de privacidad como explicamos al analizar si el móvil te escucha o no al hablar en voz alta.

¿Sirve de algo saber que existan estas simulaciones?

Más de lo que parece. Entender que hay una simulación detrás de muchos titulares sobre “colapso” ayuda a separar el alarmismo barato de las proyecciones serias. No es lo mismo un hilo viral en redes que un informe apoyado en datos y modelos revisados.

Y, sobre todo, invita a una reflexión incómoda: buena parte de lo que se sabe sobre cómo responderíamos a una gran crisis se basa en algo que alimentamos a diario sin pensar mucho: nuestros móviles. Cuanto más conscientes seamos de ello, más fácil será exigir reglas claras sobre qué se recoge, cómo se usa y quién decide qué escenarios se ponen sobre la mesa.

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