El día que desaparecieron 12 satélites

El día que desaparecieron 12 satélites a la vez y por qué casi nadie se enteró

El 10 de mayo de 2024 el Sol lanzó una tormenta geomagnética tan potente que, en cuestión de días, 12 satélites de la constelación Starlink comenzaron a caer desde la órbita baja terrestre hasta desintegrarse en la atmósfera. No fue un fallo del cohete, ni un choque espectacular en el cielo: fue algo peor para los ingenieros, un recordatorio silencioso de que el clima espacial puede convertir en chatarra millones de euros en hardware sin que casi nadie en la Tierra se entere.

Mientras en redes apenas se comentaba nada más allá de las auroras espectaculares que se vieron en medio planeta, los modelos de seguimiento orbital empezaron a dibujar una realidad incómoda: las órbitas de esos satélites se estaban hundiendo mucho más rápido de lo previsto. El origen estaba a 150 millones de kilómetros, pero el impacto fue muy terrenal.

Qué pasó exactamente con esos 12 satélites

Un grupo de investigadores analizó después, con datos públicos de órbita, qué había ocurrido con una docena de satélites Starlink entre el 16 de abril y el 15 de mayo de 2024. El trabajo, publicado en arXiv, detalla cómo un episodio de clima espacial intenso (rematado por la tormenta geomagnética del 10 de mayo) disparó la densidad de la atmósfera superior y multiplicó el rozamiento sobre los satélites. El resultado: una caída progresiva que terminó en reentrada y pérdida de los doce aparatos.

Lo más inquietante del estudio es que el problema no empezó solo el día grande de la tormenta. Días antes ya se detectaba un aumento anómalo en el frenado de varios de esos satélites, vinculado a cambios en la composición de la termosfera y al flujo de radiación ultravioleta extrema procedente del Sol. Es decir: el espacio “se estaba poniendo denso” antes de que saltaran las alarmas oficiales.

La historia recuerda mucho a lo que ya pasó en febrero de 2022, cuando otra tormenta geomagnética hizo que 38 de los 49 Starlink recién lanzados reentraran y se destruyeran en cuestión de días, un golpe que SpaceX acabó atribuyendo a un episodio de clima espacial infravalorado en los cálculos iniciales.

Por qué casi nadie se enteró de que 12 satélites desaparecían

En un mundo donde cada cohete que despega es noticia, sorprende que la desaparición de 12 satélites pase prácticamente desapercibida. Hay varios motivos:

Por un lado, la reentrada de estos satélites está diseñada para ser segura y discreta. No hay explosiones cinematográficas ni restos cayendo en ciudades: los paneles y estructuras se queman a gran altura, como ocurrió con los lotes que se perdieron en 2022 y con otros cientos de unidades degradadas por distintas tormentas solares.

El día que desaparecieron 12 satélites

Por otro, las constelaciones masivas como Starlink cuentan ya con miles de unidades. Perder 12 puede ser un desastre económico y un aviso técnico, pero a escala de la red apenas supone un parpadeo. El servicio se mantiene, los usuarios no notan nada… y el episodio queda relegado a papers científicos y notas internas de ingenieros.

En TecnoOrbita ya hemos contado cómo los satélites y la IA se coordinan para predecir borrascas como Claudia o cómo una tormenta solar reciente convirtió las auroras sobre España en un espectáculo histórico. Para la mayoría, estas historias se quedan en fotos bonitas del cielo; para los operadores de constelaciones, son días de tensión en los centros de control.

Cuando el Sol convierte la órbita baja en un lugar hostil

El mecanismo físico es sencillo de explicar y muy difícil de gestionar. Las grandes tormentas solares (con eyecciones de masa coronal potentes) calientan las capas altas de la atmósfera, haciendo que se expandan. Esa expansión hace que haya más partículas a la altura donde orbitan miles de satélites de comunicaciones y observación, lo que aumenta el rozamiento y frena sus trayectorias.

Si el frenado es suave, los motores de a bordo pueden compensarlo con pequeñas maniobras. Pero si el episodio es muy intenso, o pilla a los satélites en una fase delicada (por ejemplo, recién lanzados y todavía en órbitas relativamente bajas), la corrección puede no ser suficiente. Es exactamente lo que ocurrió con esos 12 Starlink estudiados: la combinación de “precalentamiento” de la atmósfera y tormenta fuerte dejó sus órbitas sin margen de maniobra.

Ya en 2003, una gran tormenta solar hizo que los controladores perdieran temporalmente el rastro de cientos de satélites durante días: los modelos no daban abasto para predecir cómo cambiaban sus órbitas en un entorno que de repente se había vuelto mucho más denso.

Un riesgo sistémico: qué pasaría si la próxima es “la grande”

Lo preocupante no son solo esos 12 satélites perdidos, sino lo que representan. La Agencia Espacial Europea ha simulado qué ocurriría si hoy se repitiera un evento del estilo de la tormenta de Carrington de 1859, una de las más brutales de las que tenemos registro. La conclusión es clara: un superevento de ese tipo podría inutilizar una parte enorme de la flota orbital actual, con pérdidas de trillones de dólares y efectos en cascada sobre comunicaciones, GPS, banca, aviación y redes eléctricas.

El problema se agrava porque no dejamos de lanzar nuevos satélites. Las previsiones hablan de multiplicar por diez el número de objetos operativos en órbita de aquí a 2050. Más densidad, más riesgo de colisiones y más dependencia de infraestructuras que, a día de hoy, siguen siendo vulnerables al mal humor del Sol.

Los episodios recientes que han encendido las auroras hasta México y España son una especie de tráiler suave de lo que puede venir. Las alertas de la ESA y de servicios meteorológicos espaciales sobre tormentas “severas” no son solo una curiosidad para astrónomos: son avisos directos a las telecos, a los operadores de satélites y, en última instancia, a cualquiera que dependa de un móvil, un coche con GPS o una transferencia bancaria.

El día que desaparecieron 12 satélites

Qué se está haciendo (y qué no) para protegernos

La industria está reaccionando en varias direcciones. Se afinan los modelos que predicen cómo se moverán los satélites durante una tormenta, se diseñan constelaciones con capacidad de maniobra más agresiva y se trabaja en sistemas de apagado seguro para minimizar daños cuando llegan partículas de alta energía. Proyectos como los nuevos satélites de monitorización del clima espacial que preparan NASA y ESA buscan precisamente ganar horas de aviso para tomar decisiones a tiempo.

Pero queda mucho por hacer. No hay un protocolo global claro sobre cómo “vaciar” ciertas órbitas si se detecta un evento extremo inminente. Tampoco existe una estrategia coordinada para evitar que una pérdida masiva de satélites de navegación deje al planeta dependiendo de muy pocos sistemas de respaldo. Y, por supuesto, nadie quiere ser la empresa que admita públicamente que ha perdido decenas de satélites, salvo que no le quede otra.

Desde el punto de vista del usuario, todo esto se traduce en algo muy concreto: nuestra vida digital, desde ver una serie hasta seguir una ruta en el coche, depende de una infraestructura en órbita que no controlamos y que es mucho más frágil de lo que parece. Igual que contamos en el reportaje sobre auroras y tormentas solares en España, el mismo fenómeno que nos regala fotos brutales puede, en paralelo, estar empujando hacia abajo miles de satélites sin que nadie mire hacia arriba.

Por qué esta historia debería importarte aunque nunca mires al cielo

El día que desaparecieron esos 12 satélites a la vez no hubo titulares apocalípticos. No se cayeron redes sociales, no hubo apagones globales ni se colapsó el GPS. Y precisamente por eso es una historia importante: porque resume muy bien cómo será el primer aviso serio de un problema sistémico. Primero se pierden unos cuantos satélites casi en silencio. Luego, en otro episodio algo más fuerte, caen decenas. Y solo cuando haya un fallo lo bastante grande como para romper el día a día, dejaremos de ver el clima espacial como algo exótico.

Entender lo que pasó con estos 12 Starlink no es solo una curiosidad de frikis del espacio; es una pista de por dónde nos puede venir el próximo gran susto tecnológico. Mientras seguimos llenando la órbita baja de satélites, convendría tener muy presente que, ahí arriba, el dueño de la última palabra sigue siendo el Sol.

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